1

Para mí Rembrandt siempre fue Charles Laughton en blanco y negro,
Con algo del capitán Bligh y mucho del fantasma de Canterville
Y con algo de la Chela también. 

Épicas partidas de canasta en las nubladas tardes invernales,
Historias divertidas inventadas sobre la marcha y niños jugando al tren 
En las morosas tardes de verano, con las sillas del comedor puestas en hilera,
Un toldo de lona color verde Nilo refrescando el patio de baldosas enceradas, 
El jardín lleno de sedosas orejas de oso, dientes de león multicolores,
Y cosquilleantes colas de zorro en un embrollado zoológico floral,
Y esos arbustos que crecían en todas partes cargados de microscópicos frutos
Como kakis o tomates contemplados por un catalejo en reversa. 
Y en medio de esta escenografía suntuosa, ella, como vendedora de malta, Bilz y Pap, 						
Y ricas tortas de Curicó también, y los infaltables sanguches de pernil 
Para los regalones.

Para mí Rembrandt van Rijn era un señor gordo vestido con calzas, turbantes 
E improbables trajes de terciopelo, doble papada y una insolente verruga 
En la colosal narizota.

Lo que otra vez me recuerda a la Chela y a ese tal Quevedo que, 
Según ella, vivía incongruentemente pegado a su nariz: 
Un Pinocho viejo y narigón. Un pez espada barbón. O un Rembrandt 
Sumamente esmirriado.

Para mí Rembrandt nunca fue joven, nunca conoció tiempos mejores 
Que los que podían sugerirme esos lienzos más oscuros que claros.
Los autorretratos con gorguera nunca fueron. Ni esposas amantes 
Ni fama ni orgullo. Ni Saskia, con su jugosa dote y su dulce sonrisa. 
Ni la Ronda Nocturna ni los encargos de las arribistas cofradías.
Sólo ese personaje lamentable, de trajes remendados. Una mezcla 
De bufón con gota y curagüilla de pueblo. Poco serio el hombre.
O quizá demasiado serio. Poco atractivo el sujeto. 
O quizá incluso feo.

¿Y qué decir, sobre todo, de esos temas tan añejos y tan ajenos? 
Nada podían decirme esos temas. Ninguna emoción reconocible
Para un niño de seis años. Ni romance ni aventuras, 
Ni misterio ni alegría en esos colores negros, sepias, pajizos y dorados;
En esos rostros ceremoniosos, soñolientos, pagados de sí mismos,
En esa chusma carcajeante y glotona, en esos patriarcas severos
Y ultrajados.

Pero ya se sabe cómo las cosas que despreciamos, aquellas cosas
A las que les negamos, en nuestra solipsista arrogancia, su valor
Y su misterio, siempre encuentran la forma de hacernos sentir
Su venganza.

Todo verdadero hallazgo es accidental, totalmente no premeditado.
Meteoros incandescentes, piedrazos que trizan el parabrisas
Cuando uno va a cien por hora y lo dejan como la alucinante
Versión xilográfica de un plano del Metro de Londres.
Algún duende se cuela en el cuidadosamente ordenado kindergarten
Que nuestras madres y abuelas y nanas tejieron a nuestro alrededor
Como arañitas diligentes y benévolas. Qué pena que estas cosas pasen.
Algún matarife amateur degüella a un corderito para un rico asado:
Los espantosos balidos se parecen tanto al gemido de una guagua
Y el ñachi se parece tanto a la sangre coagulada, aunque te digan
Que sólo son cáscaras de berenjenas y jugo de betarragas.
Qué mala suerte que la cabecera de tu cama dé justo al dormitorio de tus padres  
Y que haga tanto ruido el somiere de dos plazas.
Lo esencial, en todo caso, es la visión que procura el relámpago,
La transparencia de la lencería fina, lo apenas vislumbrado por el vano de la puerta,
El chiste de doble sentido que de vez en cuando nos susurra la vida al oído 
A espaldas de la nana.

Rembrandt van Rijn, el payaso solemne, se vengó de mí una tarde de junio
Cuando el pobre incauto hojeaba ocioso un viejo tomo empastado
De una colección mejicana.

Estampas de los grandes maestros. Madonnas irreales, 
Locomotoras en la niebla como botellas quebradas de Pinot Undurraga,
Confusas batallas navales y docenas de bailarinas cansadas.
Todas reproducidas en colores apagados, como joyas veladas
O fulgurantes arcoiris vistos por un ojo con cataratas.
Y en medio de todo este potpourri para mocosos diletantes 
Hace su aparición el doctor Tulp.

Claro que de esa primera vez, como suele ocurrir con todas las primeras veces
Del mundo, se me fueron borroneando los detalles irrelevantes.
¿Estaba solo o acompañado? ¿Qué hacía yo a esa edad intruseando
Entre los libros de mi tío? ¿Dónde estaban la Chela y mi mamá y mi hermana?
Debe haber sido día de semana, porque no había hombres en la casa, pero...
¿Brillaba el sol o era un día nublado? Recuerdo bien una diapositiva de niños 
Sonrientes sobre una cuadra que era un mar de yuyos, donde años más tarde 
Se levantaría una flamante población de bungalows DFL 2,
Recuerdo la cordillera nevada y el aire espléndidamente despejado, 
Sin trazos de smog. ¿Es Kodakchrome o Agfacolor (porque seguro 
Que entonces Fuji no existía o no llegaba) el azul imposible del cielo? 
¿Cómo se llama ese color: royal blue, azul Egeo, como el color de la bandera 
Griega, como el color del mar que aprisionó a Ulises, como el color del mar 
Que supo de naufragios de naves y de almas, de la furia de la tormenta 
Y del canto de las sirenas? ¿Cómo se llama ese color que ya no existe 
en los cielos de Santiago, ese color que busqué como desesperado 
Para mi dormitorio cuando nos mudamos y que entonces, en esos tiempos 
Míticos ya idos, se enseñoreaba de las invariablemente espléndidas 
Mañanas de junio?

Mezclo los recuerdos, seguramente confundo las fechas. Si habían yuyos
Era agosto y no junio. Esa foto es mucho más reciente. Yo ya iba a clases.
Ahí están la Mari y la Karin, pero la Pame aún no ha nacido. ¿Dónde está ella:
En el regazo de mi madre, en la guatita de la mamá, en el limbo al revés 
De las guaguas que todavía no han sido, pero que ya pronto serán? 
Y mi primer encuentro con el infalible doctor Tulp, desde luego, 
No fue en Tomás Moro, sino que en la Villa el Dorado.
Sólo de una cosa estoy seguro, sólo de una cosa al cabo de los años:
Habían un hombre que no era y pálidos ángeles negros y cosas indecibles
Se le hacían al cuerpo, torturas infernales se le inflingían y yo,
A esas alturas del encuentro, que recién venía haciendo el precalentamiento
De la vida, que ni siquiera había visto un gato muerto al costado del camino...
Minutos después, cuando ya había recuperado el valor y me sentía capaz 
De observar la escena del crimen con más detenimiento, 
Surgieron las inevitables asociaciones, como diminutas callampas mortecinas
Después del aguacero:

El doctor y sus siete estudiantes avejentados como una lúgubre
(Y misógina) versión de Blancanieves y los siete enanos.
Las miradas todas apuntando en distintas direcciones, las gorgueras
Como baberos recién almidonados robados de un asilo de ancianos, 
El aspecto eclesiástico del cirujano, sermoneando con aire de santidad 
Y una filosa tijera en la mano y, sobre todas las cosas, 
Las tripas del muerto que florecen de su estómago como ectoplasma 
Anaranjado.
				

			


				2

Algo me pasa, algo vi de reojo, algo tengo que haber mirado 
Por el rabillo del ojo que ahora veo una línea roja que bordea todas las cosas, 
Algo rojo muy rojo aleteando en los márgenes de las cosas 
Como una capa de torero (claro que las capas de torero no son rojas),
Como una ondulante cortina de teatro (claro que las cortinas de teatro
Tampoco son rojas, sino que concho de vino), algo como un hilo de sangre
(Que a veces sí es roja).

Al principio pensé que era una falla de imprenta en el libro que estoy leyendo, 
Una guarda de un colorado aguachento, como rouge deslavado ribeteando 
La página llena de garabatos que ya no puedo descifrar, como si fueran runas
O escritura cuneiforme o griego antiguo. Pero ahora la veo en todas partes: 
En el vidrio que protege mi escritorio de los inconscientes que dejan
Los vasos perlados por el frío sudor del hielo en cualquier lugar
Menos en el porta vasos, en las fotos de estudio de mi hija debajo, 
Que ya parece modelo juvenil o en aquellas otras en las que nos abrazamos
En Puerto Saavedra, en los rostros de la gente de carne y hueso incluso. 
Y cada vez es más roja y brillante.

¿Dónde está el rojo? ¿Dónde quedó la sangre? ¿Adonde se fue toda la sangre?
Busco a tientas con la mirada, más allá del rojo. Busco con el ojo de la mente, 
Con el ojo ciego de Tiresias, con el ojo mágico de una puerta que fue instalado 
Al revés.

La conclusión de entonces estaba errada. El doctor Tulp no había practicado 
Una cesárea en el cuerpo equivocado. Las tijeras no eran tijeras sino fórceps.
Su mano izquierda no pontificaba sino que demostraba cómo los músculos
Controlan los movimientos de los dedos. No eran tripas las que se derramaban
Desde el vientre hendido sobre el pudoroso taparrabos. No había sangre 
En el cuadro porque, cual diestro peletero, había desprendido la piel 
Como un guante, iniciando por su propia cuenta y riesgo 
Un strip tease macabro. Total nadie consulta a los muertos, salvo
Uno que otro espiritista trasnochado; menos aun si el muerto
Es un reo recién colgado.

¿Qué pigmentos escogiste para conjurar tan pulcra lección de anatomía?
No hay azules ni violetas ni verdes y los amarillos están muy atenuados.
Aloque y ocre sí. Un toque de sangre de dragón y otro de laca para crear
Esa fugaz sugerencia de sangre desvaída en las comisuras de los labios,
En las mejillas de uno que otro caballero, entre los tendones, músculos
Y nervios de esa mano y ese brazo impúdicamente desenvainados 
Como el mástil y el clavijero de una guitarra y, tal vez, una pizca en los bordes 
De las páginas del mamotreto en las que algunos pretenden estar absortos
Para no sostener la mirada de la Muerte, que los observa no desde los ojos del muerto, 
Como sospechan, sino que desde la oscuridad que los circunda.
¿Qué otros colores ocupaste, aparte de la tiza, el yeso y el albayalde? 
¿Ocre amarillo, siena crudo y tostado? ¿Negro de humo e índigo?
¿Tierra de sombra cruda? ¿Tierra de sombra tostada para iluminar
A estas sombras heladas?

Corpus, cuerpo, cadáver. Qué solos que están los muertos. Cierto,
Pero todavía más solos se quedan los vivos con su miedo a la posteridad.
Porque en ese primerísimo encuentro con la muerte, ya superadas
La nausea de las carnes crudas y el terror de la nada,
Uno se sorprende finalmente admirando la rotunda vaciedad del muerto, 
Cuando el último resto de humanidad ha sido exhalado
Por la boca entreabierta, en contraste con la tiesa compostura
De los vivos.

¿Qué viste, Rembrandt Harmenszoon van Rijn, a los veintiséis,
Cuando ese combinado de funcionarios municipales y anatomistas aficionados 
Posó para ti y para la gloria imperecedera del honorable
Doctor Nicolaes Tulp y del anónimo ejecutado?
¿Viste lo mismo que yo vi la segunda vez o también miraste para el otro lado?
¿Reconociste de antemano que la vanitas no era, después de todo,
Patrimonio femenino? ¿O te solazaste en la contemplación de la carne 
Y las entrañas?

Porque después, exactamente diez años después, con la muerte de Saskia,
Te volviste cada vez más laberíntico, o quizá más borroso, o quizá 
Deshilvanado. O quizá tu intuición se volvió certeza y te atacó por la espalda. 
Qué sé yo lo que te pasó. Qué sabe el mundo, en realidad.
Nunca fuiste cuidadoso con la plata y tu amada te jugó una broma pesada:
Heredero universal a condición de viudez perpetua, y las deudas
Que se siguen acumulando y Tito necesita una madre y el ama de llaves
Se transforma en niñera y luego en amante y luego en perra avariciosa
Y te demanda. Cuenta la verdad, viejo libidinoso: ¿le prometiste matrimonio,
Te pilló volando bajo, te tendió una trampa?  

Demandas y contrademandas. Van y vienen los tinterillos 
Con sus latinismos y su escritura compacta. No se les vaya a colar
Por los espacios en blanco alguna razón humana.
El clima de los tribunales le avinagra el ánimo a cualquiera, 
Aunque al final y muy de mala gana te den tu parte justa menos su injusta tajada.
Otra amante no mejora el panorama. Te mudaste con tus cuadernos 
Y tus carboncillos a la vereda de enfrente, del gremio de los cirujanos al 
							/gremio de los carniceros.
Dibujaste a los matarifes haciendo su trabajo, antes y después:
Asépticas mesas de operaciones dieron paso a inmundos mesones
Abarrotados de vísceras y untados en grasa. La sangre ahora sí
Que corría a raudales. En 1655 pintaste al famoso buey descuartizado
Que tantas veces reprodujo Bacon. En un principio la idea era incluir
Al elenco completo (¿tenías ya clara la ironía o simplemente seguías
Fiel a la costumbre?), pero después exorcizaste a los carniceros,
Los borraste de plano, como si jamás hubieran existido, jamás de los jamases,
Y te concentraste en el trabajo de la Muerte. Al año siguiente pintaste
Tu segunda lección de anatomía.





					
				3

Vinieron el Bosco de la mano del conde de Lautremont, Delacroix y Goya
Con sus intimaciones canibalísticas, auténtico arte snuff avant la lettre.
Leí al marqués de Sade y a Bataille, entre grabados de Giambattista Piranesi. 
Obtuve el tan anhelado conocimiento y la tantas veces postergada experiencia. 
En Chile mucha sangre corrió bajo los puentes y después se lavó 
Y después se olvidó y yo también me olvidé de Rembrandt,
Me olvidé del doctor Tulp y de su lección de anatomía, incluso me olvidé 
De la Chela.

Los libros no los olvidé. Los libros se quedaron para siempre.
A diferencia de las bolitas con sus colas de peces tropicales en miniatura 
Capturadas como insectos prehistóricos en transparente ámbar,
Con esos labios de hada recortados y planchados y trenzados 
Que giraban y giraban vertiginosos como valientes kamikazes
Hacia el codiciado objetivo: el fabulosos tirito tricolor que estaba fabricado, 
Lo hubiera jurado, de mármol de Catay, en el centro de la Troya imaginaria 
Dibujada con una ramita en el patio de tierra o con tiza celeste o amarilla 
Robada de la sala sobre los austeros pastelones de cemento.
A diferencia de las pichangas con pelota de plástico, de los lápices de grafito, 
Del sacapuntas y de las lapiceras Bic punta gruesa mordisqueadas,
De los odiosos actos cívicos los lunes a las ocho de la mañana.
A diferencia de todos estos pormenores que ahora recuerdo con esa mezcla 
De nostalgia, de vergüenza y de fastidio con la que suelo recordar 
Aquellas cosas que formaron parte de mi niñez y de mi inusitadamente larga
Edad del pavo, los libros llenaron mi vida y se quedaron para siempre. 
(El otro día, sin ir más lejos, dije que iba a tener que comprarme una casa más grande
Para guardar tanto libro... pero no estaba hablando en serio).
Sueño a cada rato con ellos, vuelvo a ellos como otros vuelven a la ex amante 
Hace años repudiada, buscando recordar lo que no deberían haber olvidado. 
Vuelvo siempre a los viejos libros en momentos de peligro,
Cuando parece que estoy a punto de perderme fuera de mí mismo.
Los libros empiezan a ser importantes aquí de nuevo,
Los libros y las imágenes fugaces que evocan y que se cuelan
Desde las regiones fronterizas, como ese pesado volumen en el atril
Entreabierto y combado en la penumbra a los pies del muerto.
Tal vez De Corporis Humani Fabrica, del acechado Andrea Vesalius,
Ese libro hecho de sombras y de figuras que se transmutan y que bailan
En las sombras, que se estrangulan y se apelotonan como fantasmas
En los márgenes.

Voy hacia abajo, cada vez más hacia abajo, en contra de mi mejor juicio,
Como recorriendo sin linterna las galerías oscuras de una mina inundada.
Voy buceando en un mundo silencioso, donde todos los movimientos 
Son en cámara lenta, como bostezos, buscando la huidiza veta roja 
Ya entonces vislumbrada. 

Leo poemas decadentes, leo novelas de descomposición y de muerte;
Leo libros de anatomía, leo manuales de psicopatología;
Tratados de tortura medievales, libros de historia donde la guerra va dejando
Una estela de cuerpos rotos como gajos de una fruta sangrienta
Que los cuervos y los buitres van besando a intervalos:
Bebés feos, escuálidos y fajados que buscan con los ojos bien cerrados 
El pezón agrietado de una madre putrefacta. ¿Es acaso un signo 
De madurez cuando descubrimos que aquello que de chicos nos repugnaba 
O nos horrorizaba ahora nos causa placer o despierta nuestro interés?
Placeres aprendidos como el whisky, el caviar y las ostras.
Gustos desarrollados a partir del tedio agobiante del que, a los veintiséis,
Gracias a las amistades diletantes, al orgullo intelectual y a esas mismas lecturas,  
Se ha convencido de que ya lo sabe todo y de que la única forma
De recuperar los arrobamientos perdidos en el trasbordo 
Desde la mágica época de los juegos sin reglas, sin vencedores ni vencidos, 
Hasta las décadas innobles de la madurez y del olvido,
Es darlo vuelta todo o esforzarse por contemplar las frías constelaciones
Reflejadas en las aguas quietas de un pozo cualquier noche sin luna.
Antes, en ese entonces, en ese interregno sombrío de calabozos, 
Puertas clausuradas, pasadizos ocultos y volúmenes prohibidos
(No en aquel entonces mucho más lejano de los éxtasis y de la inocencia; 
Ni tampoco ahora que escribo esto, cuando ya todo parece
Estar siempre un poco más allá de uno mismo),
Me gustaba leer en voz alta, como si toda literatura fuera poesía
Compuesta por bardos ancestrales. Ahora prefiero escuchar las palabras
Que se forman en la voz sigilosa de mi mente, que me susurran enigmas
En la más recóndita de todas las cámaras secretas, entre las paredes 
De mi cráneo.





				4

Dije antes que todo verdadero hallazgo es necesariamente fortuito y violento,
Pero también digo que todo verdadero hallazgo lo es de algo que se tuvo
Y que se perdió hace tiempo: un recuerdo, un reencuentro, un regreso.
Así regresé a los días lejanos de las horas estancadas, de las flores lujuriosas,
De las noches sin insomnio, de los dulces bocados y de los primeros horrores:
Hojeando otro libro.

Llueve a cántaros sobre Santiago. Llueve desde arriba, desde abajo
Y desde el costado. El agua rebota contra la cuneta y luego empapa a todos
Por debajo. La calle es un río correntoso en su lecho de asfalto.
Y es una suerte, porque así se disipa más rápido el humo picante 
De las bombas lacrimógenas antiterroristas que los pacos van lanzando 
Indiscriminadamente por la Alameda, como si hasta la señora con guagua 
Que ahora trata de entrar al Metro fuera sospechosa 
De cualquier grave atentado contra la sacrosanta
Ley de Seguridad Interior del Estado. Y a propósito, justo por Estado
Viene a toda máquina el Guanaco, escupiendo su chorro ecuánime,
Bautizando a moros y cristianos por las veredas y detrás de los quioscos.
Tengo veintiséis años recién cumplidos, ya lo he mencionado, 
En pocos meses voy a rendir mi examen de grado
Y mi futuro se habrá sellado con el lacre del elegante diploma,
Como una promisoria botella de Grand Cru relegada para siempre
A la caja fuerte de un coleccionista muy avaro.
Poco me importará despreciar a la Musa si el futuro luce tan promisorio
Por delante: una profesión, independencia económica y, sobre todo,
Una amante de carne y hueso en vez de tanto espejismo rutilante.
Desde mi posición de espectador comprometido
Cuyas simpatías, lo huelo en el aire, ya han quedado en evidencia 
Para las huestes de Darth Vader que ahora avanzan implacables,
Decido que es mejor replegarse y me refugio,
Siempre fiel a mí mismo (y lo digo con deliberada ironía),
En la Librería Universitaria, cuya cortina metálica,
Como en las películas, desciende a mis espaldas justo cuando he entrado.
Dejo mi paraguas y mi maletín de traumatólogo en custodia,
Abotargado de fotocopias y una chomba gruesa color ladrillo
(Y aquí sí que no hay ni el menor asomo de ironía),
Y me aventuro entre las mesas y estantes rebosantes de libros.
Busco al azar algo que me distraiga mientras la batahola se arma afuera,
Algo para capear el temporal entre tanto rostro compungido
Y retorcimiento de manos y gente que reclama y desespera. 
Hay tres hileras de anaqueles que lucen interesantes.
Flamantes ediciones de Penguin en rústica a un precio razonable:
The Complete Paintings of... 
Y allí están Giotto, Boticelli, Leonardo y Michelangelo
Y también Piero della Francesca, que me recuerda dorados
Atardeceres de finales del verano en las colinas de la Toscana,
Preguntando por la ruta hacia Sansepolcro a unas niñas que vendían hongos
A la orilla del camino, envueltos en paño dentro de sus cestas de mimbre,
Como si fueran horneadas de pan recién amasado.
También está el Caravaggio de Kitson, con su crucifixión de San Pedro
En portada y, en blanco y negro, su magnífico Catálogo Razonado.
El volumen de Rembrandt, también por Kitson, no logra llamar mi atención.
"Viejo burgués latoso", pienso para mis adentros, 
"¿Cómo podría competir tu melancólico claroscuro con el sublime pathos,
del Caravaggio?"

Pero la tempestad afuera no da señas de ir amainando
Y finalmente, casi a regañadientes, tengo que concederte un vistazo
Y reencontrarme de golpe y porrazo con los viejos fantasmas.
El doctor Tulp, desde luego, y su cadavérico paciente,
Pero también toda la serie de autorretratos y los retratos de Saskia y de Tito,
La Ronda Nocturna, El Hijo Pródigo y el Festín de Baltasar, 
Una Betsabé pensativa y celulítica con la carta de David entre los muslos,
Como si fuera un trocito de papel confort listo para ser usado, 
Jeremías llorando, como siempre, Sansón con sangre en el ojo 
y Dalila toda excitada, con cara de niña mala que sale apretando cachete 
Con su trofeo fetichista bien empuñado.
No puedo negar que lograste despertar algo en mí, que sentí tu guiño
Rozar suavemente algo hasta entonces dormido en mi pecho,
Pestañas ralas y viejas ahuyentando la modorra de un corazón
Enfermo de certezas y de autocomplacencia.
Pero para lo que definitivamente no estaba preparado,
Lo que de veras me tomó por sorpresa, fue la diminuta reproducción
En blanco y negro de la Lección de Anatomía del doctor
Jan Deijman.


			


Una pura carcasa vacía, Joris Fonteijn, ex asaltante de caminos.
Todo verdoso, seguramente en el tercer día de autopsia. 
Jesucristo al revés: no resurrecto sino que putrefacto,
Te has convertido en el negativo del buey del año pasado.
Eviscerado, descorazonado, estás a punto de ser descerebrado.
Tus pies grandes y sucios de forajido en el primer plano
No logran distraerme del enorme forado
Que casi descuaderna tu cuerpo, como si fuese un libro mal empastado
Que algún desatinado ha abierto de rompe y raja por la mitad.
Uno podría meter la mano allí dentro, como si fuera un títere asqueroso.
La mano y el antebrazo y el codo, ensayando un fist fucking nauseabundo.
Un bebé de varios meses podría refugiarse allí dentro y chupetear los huesos.
Algún gracioso podría meter un palo de escoba y zarandear el cuerpo
Por aquí y por allá y por todo el solemne escenario.
Ese hoyo vertiginoso excavado en la carne muerta, sin calor y sin charcos,
Se va reproduciendo allá arriba dos veces. Una por duplicado, 
En las cuencas negras, tan negras como la tinta china, tan negras que no dejan 
Adivinar si los ojos están cerrados o si simplemente no están ya, 
Arrancados por uno de los galenos disfrazados de cuervos.
La otra en los extramuros (el vacío, lo no visto, lo imaginado, la nada 
Que se nos escapa y nos persigue como el tenue rastro de un sueño),
Por obra y gracia del fuego que en 1723 se llevó la cabeza del doctor Deijman 
Y sólo nos ha dejado los márgenes chamuscados.
Porque no es el doctor quien sostiene con cierta petulancia
La parte superior del cráneo, como si fuera a pasar una escudilla
Al concluir el espectáculo, sino que su asistente, el doctor Calkoen.
Me contempla la Muerte, entonces, desde esos ojos incógnitos, 
Recónditos, vertiginosos pozos sin fondo en los que se asienta.
Sombríos pensamientos navegan por tu cerebro y gotean hacia abajo 
Como veneno y atraviesan el espacio entre el lienzo y nosotros, 
Los espectadores de la Muerte, en el anfiteatro, el museo o el escritorio 
Desde donde ahora rememoro y calibro la experiencia.
Porque hay que tomar en cuenta que entonces no contaba con la ventaja 
De esta magnífica imagen que ahora contemplo con demasiada frecuencia por internet,
Que lo que entonces miraba era apenas una minúscula reproducción 
En blanco y negro, no más grande que una estampilla. 
El efecto, en todo caso, fue vívido y siniestro, 
Como estar contemplando a tu asesino, el puñal empuñado, 
Reflejado en un pisapapeles de vidrio, o quizá al hombre 
Que acabas de asesinar tú mismo con un puñal... o con ese mismo pisapapeles 
Ensangrentado.

(Otra vez las imágenes se confunden. Todo se repite detalle por detalle, 
Como en un espejo. ¿Acaso no soy yo mismo el cuerpo? 
¿Acaso no soy el sádico cirujano decapitado, cuya cabeza invisible es 
Mi propia cabeza sonriendo?)

Las ejecuciones eran en invierno. Demasiado calor, demasiado hedor.
Las ejecuciones eran públicas y las disecciones también. 
Una al año, para instrucción, ilustración, iluminación de los ciudadanos, 
Alumbradas con luz de velas perfumadas en el gran anfiteatro 
Con capacidad para quinientos espectadores 
Que reservaban su entrada con meses de anticipación, 
Cien cómodamente sentados y el resto apretujados de pie en la galería.
La miel, el incienso y el aroma de jazmines y azahares inundan la estancia. 
Los espíritus se elevan con la música de las flautas.
Prodigioso espectáculo nocturno. Las diestras manos del doctor ilusionista 
Prestidigitan prestas a la velocidad de la luz de las velas. 
Si hasta parecen inmóviles de tan rápidas que son. 
Alzan con delicadeza la duramater como si fuera una redecilla 
Para que no se despeine el cerebro entre tanto ajetreo.
El rojo reaparece aquí, una tenue excrecencia que lo recubre 
Como un almíbar aterciopelado, casi del color del algodón de azúcar. 
Una baba tan sutil como el rastro de un caracol cauteloso.
El cerebro, la nuez maldita, se abre como la tierra en un terremoto 
Y se lo traga todo por la fisura negra que se hunde hasta el cuerpo calloso. 
Se traga mi pensamiento, mi miedo, mi nausea y mi deseo 
Y forma allí una pasta oscura y barrosa que refluye y que impregna el cuadro, 
Que nació tiznado aun antes del incendio que le confirió su forma actual: 
Escueta, lacónica, compacta, pero sobre todo elíptica, porque aquí sólo vemos
El trabajo de la Muerte.
	 

				5


No es bueno hacer de todo una función. No señor, no es bueno.
Hay cosas que es mejor hacer en privado: leer y amar, cagar y matar
Son cosas que no se ven bien arriba de un entarimado.
Existen espectáculos secretos como la Muerte y el Sueño
Y aquello que se hace tras las puertas cerradas con el ser amado, 
La palma de la mano oprimiendo la boca y los labios bien apretados.
Que no vayan a escuchar los niños, que no se enteren los vecinos,
Que no sea necesario convocar a juez y jurado.
En secreto, en privado, se lee mejor, se ama mejor, se asesina mejor.
A oscuras, con los párpados obturando la pupila y el iris, se goza y se sueña
Y se celebran los ritos de paso. 

Ahora por fin comprendo que la mayor parte de ese tiempo
Estuve enfermo de insomnio, estuve enfermo de tedio,
Estuve enfermo de libros polvorientos que examinaba sin leer
Porque estaban escritos en un idioma que de pronto había olvidado.
Estuve enfermo de toda clase de vicios solitarios que acabaron consumiéndome, 
Hasta que te encontré haciéndole preguntas capciosas a los médicos, 
Entre muros de adobe y paredones de cemento, en Olivos con La Paz.
No, tú no eras parte de la población de internos, esfinge inconsciente,
Pero igual me parecía que estabas loca de remate:
Equilibrista borracha, desnudista al aire libre en Islandia,
Profesora de baile de una compañía de frailes mendicantes.
Reías a todo pulmón desde los columpios chirriantes,
Decías todo lo que se te ocurría y lo que se te ocurría era alucinante.
Compartimos juegos que hasta entonces habían sido privados:
Yo me escondía y tú me encontrabas sólo cuando yo lo deseaba, 
Ni un segundo antes, ni un segundo después;
En cambio tú eras feliz porque jamás te alejabas del radio de mi mirada.
Recordamos y olvidamos juntos todo lo que habíamos vivido separados,
Y luego, con los años, olvidamos también lo que prometimos no olvidar.
Amnésicos, envueltos en una neblina impenetrable, contrajimos un grave
Caso de cordura.

Entre ambos formamos un casi animal,
A ratos locuaz, a ratos taciturno, con frecuencia pendenciero,
Que se trababa en silencioso combate consigo mismo dos veces por semana,
Cada vez más tarde, cada vez más cerca de las horas muertas de la noche,
Cuando entre la falange y el nudillo de esa mano negra
Que acalla todos los gemidos, que sofoca todas las maldiciones,
Comenzaba a refulgir cada vez más intensamente el rojo rubí sangrante,
La joya palpitante enterrada en lo profundo de un pozo insondable
De humores y de carne.

Se esfumaron los sueños. Se borró para siempre el tenue sendero
Que al mediodía nos comunicaba con el ombligo del sueño.
Se hicieron añicos sus trazos con el zumbido de la radio-reloj  
Y los manotazos desmesurados como hélices rotas 
Que vuelcan vasos de agua todas las mañanas.
Se hicieron trizas los sueños, desaparecieron de la faz estéril 
De nuestra inconmensurable Tierra Baldía, 
Encallaron para siempre en nuestro Ancho Mar de los Sargazos
Y fuimos recalando plácidamente en un silencioso Museo de Cera,	
Con Vincent Price como anfitrión, encorsetado a punta de Prozac
Y sesiones sucesivas de electroshock

Algo nos fue dejando. Nadie lo veía, pero se sentía en los huesos.
La carne se va transformando en una armadura pesada
Toda agujereada por gusanos y larvas innombrables.
Los olores de nuestros cuerpos ya no son los olores de nuestros cuerpos,
Sino los hedores descompuestos de la fruta en el fondo de un tazón
De inmaculada porcelana.

Mater materia nos amamantaba con leche cada vez más agria.
Gemelos desiguales mamábamos de pezones agrietados
Sin poder encontrarnos con las miradas porque su teta nos cegaba
Y su leche fría nos vaciaba en cada una de las siete habitaciones de la casa.
Besos con halitosis no dejan respirar y en la boca se forma siempre un eclipse
Que inevitablemente me apaga porque tú eres
La luna.

¿La digo ahora? ¿Me atrevo a pronunciar la vergonzosa,
Perfectamente inútil palabra que significa todo y nada?
¿Adonde se fue el amor? ¿Adonde se fue la pasión descontrolada?
¿Adonde las miradas entrelazadas, las pupilas abiertas
Como bocas hambrientas, las miradas febriles que desnudan, 
Que violan y que matan? ¿Adonde se fue la bendita ceguera 
Ante tus innumerables fallas? ¿Adonde, por último, la furia asesina 
Y la sed de venganza? ¿Qué se esconde bajo la fría malla de gestos y de palabras
Que nos fue envolviendo como impenetrable mortaja?
¿Qué palpita debajo de la piel, más allá de la carne, los nervios,
La bilis, la grasa, los huesos, el flexible cartílago y los ríos
De sangre?

Mientras más te miro menos te encuentro.
Te miro con detenimiento todas las mañanas, te evoco a lo largo del día
Con el pensamiento... y no te encuentro, sino que te pierdo
En el fantasma del mandril que habla y habla y habla,
En la calavera de tu madre que ensombrece las cuencas de tus ojos
Y te posee completamente como si el hueso fuese la sede del alma.
¿Para qué trajiste a la tumultuosa caterva a nuestra casa?
¿Para que llenarla de ruidos de dientes que castañetean 
E insectos voraces que muerden por dentro?
Ahora ya no puedo hablarte en silencio porque el ruido no te deja escucharme
Y ya nunca más estaremos solos con tanto fiambre por la casa
Hasta que nosotros mismos -estemos muertos
Mañana.

Me has dejado tan abandonado a mi suerte en este hotel de mala muerte
Que me he visto en la imperiosa necesidad
De buscarme una amante que entienda de estas cosas
Y que tenga la paciencia que tú ya no tienes
Para enseñarme a ser otro, a estar en otra parte, 
En otro tiempo que sea antes o después, pero no ahora, por favor, 
No ahora que es cuando muero 
Siempre.

En algunas cosas se parece tanto a ti y en otras se me antoja demasiado 
						/dispuesta a imitarte:
Cuando te cortas el pelo a lo paje ella también lo hace
Y si se te ocurre teñírtelo de negro ella lo hizo un día antes.
Canta con voz de soprano y le encanta hacer el amor después del baño,
						/con la espalda mojada.
Es bonita también y discreta, aunque tan delgada que algunos la toman por anoréxica, 
Pero te juro que no se le ven las costillas bajo el pellejo
Y que su piel es tersa y blanca, no amarillenta.
Y es tan pura que cuando quiero hacerle el amor me dice no con la cabeza
(Pero en realidad no tiene cabeza)
Y en su boca se forma un no que es una O negra que me cerca
Y es lo no que me llena.

Como a ti, también a ella le encanta jugar a las escondidas.
A veces, cuando recorro la casa, sé que inevitablemente me precede
Por cinco segundos, ni más ni menos. No importa si voy rápido o lento.
Y su presencia me parece que agranda las habitaciones y las colma de ecos
Y las multiplica como si se fueran construyendo a su paso,
Ampliando y ampliando la casa hasta hacerla infinita como el Infierno,
De modo que jamás la alcanzo y no me deja más regalo que su aroma de perra
Y un cierto desorden de copas sin enjuagar y manchas de sangre en la taza del water
Que me enferman. Otras veces, en cambio, se gana a mis espaldas
Y pretende ser la sombra perfecta que se burla de mí en el espejo
Cuando me vuelvo de improviso para sorprenderla sacándome la lengua 
Y no sólo no la encuentro, sino que tampoco me veo.
Pero su juego favorito, de lejos, es una especie de strip tease muy sui generis
Que ella misma se ha inventado, porque en esa persecución de cuarto en cuarto
Que a cada rato escenificamos, en muy contadas ocasiones,
Cuando poco a poco se va calentando como sólo ella puede calentarse
En su recato de monja enclaustrada, de sombra intocable,
Y la raja le hiede con olores enervantes, le da por irme dejando un rastro
De ropas arrugadas, mojadas, tiradas por todas partes. 
Ella espera que las recoja y las huela con dolorosa nostalgia, 
Y como sabueso anhelante eso es precisamente lo que hago. 
Y las blusas de seda y las tenues medias y los calzones precisos 
En sus breves recortes de encaje se hacen humo azulino en mis fosas nasales
Y así la voy respirando de ámbito en ámbito,
Dejándola llenarme e imaginándola desnuda y blanca,
Reclinada lánguida contra el marco de la próxima puerta
O recostada esperándome boca abajo como durmiendo en la cama, 
El rostro arrobado hundido en la almohada,
Que todavía conserva manchas como las montañas de la luna dibujadas
Con el aroma de tu propia saliva, abriéndose las nalgas redondas y tersas
Con garras nudosas de raíz de mandrágora, de vieja bruja artrítica. 
Entonces ambas, tú y ella, se mezclan en la saliva que dejaste y forman un 
							/cóctel extraño,
Un fantasma de mezcal con gusano, de palinka en Bucarest bajo la nieve
A las tres de la madrugada.

Pero cuando está en vena lúdica rara vez se muestra y no hay verdadero daño
						/al imaginársela;
Es cuando se pone seria cuando tengo que preocuparme.
Cuando me mira a los ojos y me dice que ahora sí que va a desnudarse.
Entonces se afeita el pubis y esa parte queda más blanca que todo el resto
De su blancura de luna, de hueso, de muela, de alma, de blanco del ojo
Justo antes del disparo. Y la cicatriz húmeda murmura palabras
Que no entiendo y por sus muslos tan blancos descienden lágrimas
Que nadie ha llorado y yo me quedo todo desconcertado
Cuando se recuesta sobre la mesa o en el sofá o en el lavaplatos
Y se abre y todo su cuerpo bosteza y me muestra qué roja y qué negra
Es adentro.

Quizá si la vieras entonces enseñándome la entrepierna
Pensarías que es una puta barata que me ha trastornado la cabeza,
Pero en esos momentos la veo como a la concienzuda modelo
Del último Rembrandt, cuando su ojo sólo veía, como en una caverna,
Alquimistas, espectros, regresos, átomos deshaciéndose.
Inmóvil, circunspecta, indica hacia el interior, no hacia el cielo.
Y si sonríe levemente es sólo porque el claroscuro la tienta,
Y si me guiña un ojo es para que comprenda,
Y si se muerde los labios es porque tiene dientes que sueñan,
Y si jadea es porque está hambrienta, pero tiene paciencia
Como toda buena maestra.
 
Ella me ha enseñado, en las largas jornadas en que te he ido perdiendo;
Ella me ha enseñado, la que nació de mi costilla y es de carne y hueso, pero no 
							/es Eva;
Ella, la que vive afuera para todos menos para mí, porque desde siempre me
							/espera adentro;
Ella me ha enseñado que el espectáculo invisible que a todos aterra 
No es el crecimiento de las uñas bajo la tierra;  
Es la sonrisa que la luna esboza en el cielo negro,
Asomando pulcra tras el velo de horror estrellado 
Que se disgrega infinito y más allá de todo se desborda 
Por el rabillo del ojo inmóvil, desorbitado,   
Que nadie, absolutamente nadie, tuvo la decencia de ayudarnos a cerrar
Cuando estábamos solos.